Llegar
Un día un surfista estaba sentado en la arena de la playa junto a su tabla de suft , estaba cayendo el día, y solitario sobre la playa miraba ponerse el sol en el horizonte, una nubes hacían de cortinas por encima del astro rey y reflejaban su rojizo tono color pastel.
Una sombra le ocultó por un instante aquel paisaje y semienojado farfulló unas palabrotas contra el inoportuno individuo que se paseaba por delante de él en aquel preciso instante, justo en el apoteosis de aquel bello espectáculo y en una playa tan enorme y prácticamente desierta.
El desconocido le saludó, pidió permiso para sentarse a su lado y sin esperar su respuesta se acomodó tranquilamente del otro lado donde reposaba la tabla de suft.
El surfista no pudo por menos que dejar de contemplar su puesta de sol y observar curioso al polizón que se había invitado a sí mismo a sentarse a su lado. Estaba sentado a menos de medio metro de él, con las piernas flexionadas y las manos sujetando sus rodillas. Llevaba puesto un sombrero de paja de ala muy ancha que ladeaba semiocultando su rostro, una camisa rosada y un pantalón corto que le cubría medio muslo.
Callaba.
Miraba la puesta de sol.
El surfista, intrigado por aquella figura humana que le acompañaba en silencio y que mantenía su mirada fija en el horizonte, le preguntó :
- ¿Qué estas mirando?
- El cuadro de Dios - le respondió una voz suave y casi infantil -
Supo al instante que era una mujer, y perdiendo todo interés en aquel paisaje en el que se funde la tierra, el mar, y el sol, que hasta un instante antes le embargara los sentidos, se apoderó de él otro afán, el de una compañía humana, femenina ...
- ¿El cuadro de Dios? ¿De que hablas? ¿Quien eres? Oye... ¿Tú estás bien? - le contestó intrigado y algo molesto por su actitud invasora de su espacio vital personal , y a la vez halagado y contento por que alguien, una mujer, le acompañara.
- Hablo de la puesta de sol - respondió -
- Lo supuse, no soy idiota ¿sabes? . Cuando te he preguntado qué estabas mirando, mirabas la puesta de sol, pero nunca le oí a nadie hablar de ella como El cuadro de Dios.
- Mira, hoy ya lo ha finalizado, mañana volverá de nuevo a pintarlo otra vez.
La mujer se levantó lentamente, se sacudió la arena, se quitó el sombrero de paja y mirando hacia el surfista, le preguntó.
- Y tú ... ¿Qué haces aquí tan solitario?
El surfista, sin levantarse de la arena, con las piernas extendidas y las manos apoyadas atrás en el suelo, mirando al mar le contestó :
- Estoy esperando una ola.
El mar estaba picado, revuelto, a lo lejos olas de un considerable tamaño rompían sobre la playa, olas de color azul y blanco, perfectas para un surfista, olas para poder jugar en ellas con la tabla que sin embargo vagueaba a su lado.
La extraña, miró al mar, miró las olas perfectas, miró al surfista y le respondió :
- Nunca llegarás a ninguna parte si tan solo te quedas mirando y esperando una ola, están ahí, en el mar, sólo has de levantarte, coger tu tabla y zambullirte en ellas. ¿Acaso no las ves? . Nunca llegarás a ninguna parte si te limitas a esperar.
Dichas esas palabras, la mujer se alejó lentamente pisando la blanquísima arena de la playa, mientras a sus espaldas, el surfista decía...
- Eso depende de a donde quiera llegar.
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